jueves 23 de octubre de 2008

LA SANIDAD

LA SANIDAD
Publicado, hace tiempo, en la prensa regional y que comparto con vosotros por su aún lamentable vigencia.

En el País del 30 de diciembre y en la sección de cartas al director, el Dr. D. Diego Reverte, confiesa ser un sanitario con 40 años de ejercicio en la sanidad pública. Aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid y que el Duque de Lugo ha sido, lamentablemente, ingresado en un hospital público, como si pretendiese ser un hecho paradigmático, para lanzarnos a la cara las excelencias de La Cosa Pública.

Pues no, mire, Dr. Reverte, y ello, porque cuando D. Juan de Borbón, q.e.p.d., tuvo una neo de laringe, fue a la privada de Pamplona. Y luego sus nietas Elena y Cristina, dieron a luz en las clínicas, también privadas, de Santa Elena y Teknon. Así es que, 3 a 1. Y cuando antes, el viejo y sabio profesor Tierno Galván, se encontró mal, hizo con su esperanza lo que le dio la real gana y se fue a la privada, imitando a la extinta Pilar Miró, q.e.p.d. que se había operado de corazón en La Concha, porque Julio Feo, ya también antes, se había arreglado su hernia discal en la clínica de La Zarzuela. ¿Quiere que sigamos, el resbaladizo hilo de su argumentación?

Uds. los cofrades de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, siguen como siempre, remisos, con el bisturí presto en la pluma, dispuestos a anatemizar a la medicina privada, intentando coger el rábano por la hoja más podrida que aparezca, para darle mayor sabor a sus migas.

Ivan Illich, el personaje de Tolstoi, decía a su familia, en su lecho de muerte: ¡Dejad de mentir! ¡ Vosotros bien sabéis, y yo sé, que me estoy muriendo! ¡ Conqué al menos, dejad de mentir!
Y uno ya no puede ni debe callarse más, porque estoy hartito de que intenten demonizarnos, de que vean nuestra praxis dirigida únicamente a ganar dinero, o que nuestros intereses les parezcan incompatibles con la nobleza de los suyos, cuasi divinos. Hartito de que nos consideren menores de edad, a los que elegimos hace años el camino de la libertad de elección para nuestros pacientes. La defensa del consumidor, en suma, algo que debería constituir su norte de hombre europeo.

Parecen Uds. accionistas o herederos del agonizante Insalud, profundamente egocentristas, como buenos médicos. Pero, ¿por qué ese fanatismo? Entreveo en Uds. un tufillo de actitud ética, que deberían emplear correctamente, a mi parecer, y si me lo permiten, haciendo más bien apología de la ética de la libertad.

Deberían fijarse más y ver la enorme frustración y desengaño de sus compañeros, que quisieran y no pueden hacerlo mejor. Siempre con prisas, con malísimo humor, sin medios en muchos casos, y sin tiempo siquiera para oír los objetivos de sus pacientes. Solicitando a estas alturas, toda la medicina primaria, la concesión de la limosna de 10 minutos para la consulta de cada paciente, o la continuada indignación de los médicos de urgencias móviles, subiendo y subiendo escaleras, solos por la ciudad y en la noche con un fonendo como único acompañante, signo de prestigio, de autoridad y de distanciamiento, esquivando a cada minuto la propensión a la cólera de sus usuarios, por la tardía y pobre asistencia. O si lo prefiere, hablamos de las listas de espera (llame para que le vea el oculista, por ejemplo) o de las camas atravesadas. – Oiga, de paciente-televisor, me ingresaron en la Casa Grande, a los pies de las otras tres camas.
Y por qué no hablar de los enormes agujeros económicos de los hace años transferidos Insalud andaluz y catalán.
Proclame la libre elección de sanidad pública o privada y pida igualdad de trato económico oficial para ambas, porque sino seguirán Uds. diciendo siempre medias verdades (Aragón recibirá aproximadamente unas 12.000 ptas. por aragonés / mes, mientras que la póliza más alta de CajaSalud o Adeslas, por ejemplo, no supera las 6.000 ptas. por paciente / mes) Aspire a que todos nosotros podamos elegir como nuestros vecinos europeos, no sea ludita, oponiéndose al progreso, como hizo Felipe II, prohibiendo a sus súbditos en aquel entonces, estudiar en universidades europeas.

Deje que sus compañeros al salir del hospital no se amarguen, viendo que no llegan a fin de mes ¿Sabe que la medicina que Ud. defiende ha tenido un 68% de pérdida de poder adquisitivo en los últimos 10 años? Qué se vayan a sus consultas privadas, a ser libremente elegidos por sus pacientes, su fuente de felicidad más auténtica, aunque luego las aseguradoras paguen como paguen, que eso es harina de otro costal y es lo de menos.

Y el que más chufle... capador, que dicen por esta tierra aragonesa. No prohíba la esperanza y la libertad, hombre, que Uds. bien que buscan atajos con sus amiguetes médicos, en las listas de espera de su familia. Atajos y habitaciones adecuadas cuando a algún ser querido le toca estar de usuario-televisión o tiene de vecino de habitación a alguien no deseado.

No sea como aquel médico que lo prohibía todo y que hizo decir al nuevo-rico-constructor local -"desde que ha venido este médico, no se siente placer en ser rico"

Un abrazo desde esta Huesca tan lejana

A COMIENZOS DEL SIGLO XXI

A COMIENZOS DEL SIGLO XXI
Articulo publicado en El Diario del Altoaragón

El siglo XIX, el siglo idiota de Flaubert, acabó con la certidumbre del Desastre del 1898 y el XX acabó como el siglo de las Ciencias y el de Internet, pero también como el tiempo en que quisieron matarnos física y espiritualmente, por lo que también ha sido llamado el siglo asesino: el de las masas, el de las dos Guerras Mundiales, de nuestra Guerra Civil, del nihilismo, el de los fundamentalismos de todo género y el de la democracia que aún no ha resuelto su gran drama... el de conciliar ética y política (Aranguren).
Sensaciones todas ellas tan depresivas como la del 1898.
Sin embargo, hasta hace unos pocos años, todo parecía estar codificado y las tragedias personales eran más llevaderas, y la vida una ecuación sencilla, de esas de A+B=C. Cada uno de nosotros, tenía unos pocos familiares y amigos que constituían un micromundo en donde se podía encontrar el bien, el mal, los esfuerzos, la nada y hasta los sobreesfuerzos titánicos y ejemplares para salir hacia otras escalas sociales, sin las ofensivas e hirientes políticas de atajos y pelotazos que todos hemos conocido posteriormente.
Las necesidades sociales llevaban aparejadas un auténtico valor añadido... la capacidad de soñar con mundos mejores. Y como estamos hechos del material del que están hechos los sueños, prevalecía una armonía psicosocial que ayudaba a sobrellevar la vida, a ir tirando. La felicidad de la pobreza.
Pero sin darnos cuenta y cual si de una epidemia se tratara, el mundo se nos fue llenando de contaminantes idiotas y de traficantes de deseos llenos de palabrería que han pretendido convencernos de que la auténtica felicidad debe pasar por estar siempre gastando, clónicamente informados y... uniformados.
Cómo si aquello que nos enseñaron, lo del soñar y ensimismarnos a título personal, fueran valores trasnochados, propios de cavernícolas ascetas.

El otro día oía que un jerifalte mediático le decía a un contertulio que hoy lo más "in" está en la acción, los viajes y los idiomas.
Oiga! déjeme "out", que Ud. es de los que quita la soledad y no da ninguna compañía, pensaba yo decirle, cual Unamuno, si hubiera podido contestarle. Qué elemento!
Acaba uno acordándose de aquel proverbio africano, que más que a proverbio huele a profunda profecía: "cuánto más ascienda el mono, más se le podrá ver el culo" .

Lo del espíritu, a este comienzo de siglo, no puede parecer más desastroso cuando uno hace balance. Vemos en auge el desarrollo de la cultura de la insatisfacción y del deseo en la que los psiquiatras no dan abasto, con sus consultas llenas de neurosis de amas de casa y de toda índole, pidiendo ayuda porque viven atormentados con problemas de identidad..." - doctor, creo que no me he realizado como persona o como mujer!". Y eso en la consulta de la mañana, porque por la tarde tendrán que llevar a sus anoréxicas hijas a las que la Tv. hortera de cada día les sugiere que no dan ni la mitad de las tallas de la Noami Campbell.

En casa queda mientras el atormentado padre intentando hacer un mal pan con las pocas hostias de su salario y lo que Hacienda, la Loto, la ONCE, el envío obsesivo de sus sms y las quinielas le dejan. Además, siguiendo pérfidas incitaciones no sabe si embarcarse en Canal Plus o en Vía Digital, acogerse al CECA o al MIBOR, a la renta fija o a la variable. Tiene además que operarse de la nariz y su médico le ha dado a elegir entre la técnica de Killian, la de Joseph o la de Cottle. Y un compañero de oficina le acaba de dar una nueva identidad, la www.tontoera@tonto.es, que le tiene mosqueado, mientras medita, el pobre, lo mal que está sobreviviendo al Euro, porque como es conservador de toda, eso de haberse transfugado, con tanta frivolidad, no como hicieron los ingleses, de una moneda a otra, le parece a estas alturas, que no fue lo correcto. Una infidelidad impropia de él, un hombre puro, de esos de patriotismo de copa de cognac y faria. ¡Menudo gazpacho mental!
Para colmo, leyendo la correspondencia de todos los días, encuentra nuevos motivos para su crispación, para su cabreo permanente. Le escriben pidiéndole un SOS y pretendiendo embargarle el alma los Médicos Mundi, la Ayuda al Tercer Mundo, la Asociación de la Lucha Contra el Cáncer, Unicef, Lesbianas sin Fronteras, los Amigos del Sepulcro del Cid, la Asociación contra las Recaídas de los que Nacieron Tontos y los Amigos del Perro del Rabo Amarillo, cartas todas ellas llenas de auténticas emociones perturbadoras. Y no sabe a quién dirigir sus ayudas, sabiendo como sabe que un amigo que tenía, vago pero listillo, está viajando mucho en clase preferente y engordando excesivamente a costa del hambre que dice paliar y el cáncer que ayuda a desterrar.

Risible, si no fuera patético, es verdad, pero son los auténticos palos con los que se está construyendo el mal sombrajo de nuestra presente civilización. Con mucha información alrededor, pero con más angustia cada día y más soledad que la de una almeja, que diría un catalán, aunque el portátil le sirva a veces para hacernos creer lo contrario mientras pasea por la calle.
Inventos neomodernos todos ellos y tábanos tan molestos y postizos como el del nacionalismo vasco, gallego o catalán, aunque estos sean aún mucho más inquietantes a efectos psicofísicos.


Y es que a lo peor habrá que concluir que quien añade información puede añadir dolor a su vida, en esta inacabada modernidad.
Sabíamos que vivíamos apoyándonos en un 70% de comunicación no verbal, y que era la inteligencia emocional con su correlato de miradas, contacto físico y elocuentes silencios lo que fundamentalmente nos redimía como personas, lejos de tanto frío y parlanchín medio electrónico, los mass-media, a pesar de que los psicólogos piensen y digan que hablando se puede arreglar todo, otro topicazo más.
Me acabo preguntando siempre si no querré tanto a mi perro por lo poco que me habla y lo mucho que me quiere. Es verdad que a veces ladra y entonces me inquieto tanto
- Como oyendo una tertulia radiofónica o televisiva.
- O cuando entro en una farmacia y me encuentro al Sr. farmacéutico tomando la tensión a un acongojado ciudadano mientras le habla de las cosas compensadas y descompensadas.
- O cuando leo que algún miembro de la Asociación para la defensa de la Sanidad Pública vaticina que fuera de esa cosa pública no habrá salvación... enemigos muchos de ellos en el fondo de sus almas de los dolores compartidos en inhumanas habitaciones comunes.
- O cuando oigo a algún galeno cursi hablar de la medicina basada en la evidencia.
Sin morirse de vergüenza ninguno de ellos.

¡Ah!, salvaría siempre a la palabra escrita, si se me permite la petulancia. La única compañera fiel en la vida. Sin ella no hubieran existido González Ruano, el Quijote ni Crimen y Castigo, el gran libro de la culpa y los remordimientos por las cosas mal hechas.


Un abrazo desde esta Huesca tan lejana

jueves 25 de septiembre de 2008

Mi hija Cris en la TV

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viernes 19 de septiembre de 2008

LAS DIABLURAS DE MI HIJA CUCA

WEB de Cuca Aranda





miércoles 27 de agosto de 2008

LA DECREPITUD

LA DECREPITUD
(Dícese de la edad muy avanzada)


D. Segismundo era un añoso funcionario de alto nivel que vivía en una residencia de la Certera Edad. Un caballero cuya divisa siempre fueron los buenos modales y el honor. Casi un eco del pasado, lleno de dinero, pero ya sin ilusión alguna, que achacaba sus casi cien años a lo bien que había sabido dosificar sus emociones, ni excesivas ni ralas.

Siempre había proclamado desde su jubilación, una repetitiva e ingeniosa frase personal que era su catecismo: “voy a intentar descubrir lo que vivirá un Segismundo bien cuidado”.
Desde entonces, como había sido un organizador acostumbrado a liderar hombres, y ya que tenía tiempo, tomó con ahínco las riendas de su propia conservación.
Sabía que las tortugas disfrutaban de una larga vida e intuía que era debido a sus lentos movimientos, así es que decidió no hacer más ejercicio físico que el estrictamente indispensable. Y eso, unido a que todos los días leía a Nietzsche, como entusiasta que era del culto a la energía del espíritu, le permitía tener una cultura que le proporcionaba una armoniosa convivencia con los compañeros y hermanitas del centro. Él daba órdenes y los demás le obedecían complacidos. Y es que la herencia andaba de por medio.
Pero un buen día, y sin previo aviso, como si de un ataque de alergia se tratase, apareció en su cabeza una extraña sensación. Comenzó a sentirse extraño, extranjero en su propia casa.
- “Monja... ¡es Ud. más mala que Indalecio Prieto y Santiago Carrillo juntos!” vociferó en actitud energuménica a la hermana Marina, mirándola con los precavidos ojos de un enemigo.
Y a partir de entonces, comenzó a ser un desgraciado rencoroso. A invertir todo su tiempo en hacerse mala sangre y en hablar en voz alta de todo lo que debería haber hecho en la vida y no hizo. Así como a intercambiar con los demás solamente lamentos y gemidos, mientras se llenaba de apatía e indiferencia, buscando cualquier ocasión para dar un infantil pataleo. Con la sola ilusión de esperar despierto al amanecer de cada día, como única certidumbre de que no todo era oscuro dentro de su pobre cerebro, una auténtica maraña de confusiones que sólo le servían para interpretar delirantemente la realidad y para mantener una actitud de recelo y desconfianza constante hacia todos los demás. Sintiéndose, en definitiva, como si le hubiera caído un piano encima de la cabeza.
La contrariada hermana me contaba el episodio y confirmaba que desde aquel día a D. Segismundo le había abandonado su espíritu. Parecía endemoniado.
Debía ser por aquello de la enfermedad de las vacas locas, que decía la tele, pensaba ella.
Y como fruto de aquella terrible pérdida, todos los días podía observarlo con lágrimas en los ojos, como si sólo hubiera humillación y miseria en todas sus horas. Era como un adulto pequeñito, necesitado solamente de caricias y golosinas, preocupado nada más que por sacar sus rencores fuera y maldecir a un lejanísimo vecino de infancia que le amenazaba y le privó de una adolescencia feliz... ¡qué cosas, D. Luis!
- “Hermana, la vida es así, como el palo de un gallinero, que dicen los argentinos: corta y llena de...” – Pero no se me desmoralice, mujer, que aún nos debe quedar un resquicio para la esperanza. Que no todo acaba con igual patetismo.
Todos hemos conocido a personas centenarias de extraordinaria lucidez, le respondía yo. Y recordaba una cercana experiencia personal vivida durante una urgencia domiciliaria.
- Oiga, Sr. Médico, no me ingrese en el Hospital, que yo ya me he comido la paja que tenía que comerme! Y además, ¿qué mal le he hecho yo a Ud. para que me haga esto? Déjeme morir en casa, que tengo 92 años.
- ¡Ni que el Hospital fuera el cementerio!, le contesté.
- Es verdad, oiga, que no es el cementerio, pero es lo más cercano a eso que hay en esta ciudad, terminó diciéndome.
Y uno se acuerda inevitablemente de cómo el hospital de Úbeda y su cementerio, por ejemplo, podrían coincidir perfectamente con la anterior y sabia observación.
Qué humor y lucidez. Acabé riéndome junto a toda la familia, celebrando su ocurrencia y el que Dios le hubiera conservado “la cabeza de un quinto”, que decían los hijos.
Ante eso, decidimos al unísono, concederle el último deseo... una buena calidad de muerte, allá entre los suyos, en casa, como él quería, mientras la esperaba con la puerta entreabierta, hecho todo un Señor y con un notario al lado, escribiente de sus deseos, nada menos. Entonando una vieja y caústica oración que algún día leyó: “Dios mío, anestesiame en la hora de mi muerte, igual que a otros has anestesiado de por vida”.
Monja y médico, acabamos aquella guardia hablando de todas estas trascendentes cosas y de cómo envejecer era retirarse gradualmente de las apariencias (Goethe).
Hace dos siglos, la vejez se iniciaba a los 35 años y sin embargo, dentro de 10 años, en Francia, los mayores de 60 años constituirán casi el 30% de la población. Y es fácil vislumbrar que en un futuro no muy lejano, media humanidad deberá de cuidar a la otra mitad.
¿Hacia dónde vamos, con nuestra esforzada pretensión de conservar la vida con medidas heroicas, empleando los extraordinarios y costosísimos medios para mantener viva “nuestra carne, esa envoltura llamada cárcel” (Sta. Teresa), una vez desprovista del necesario aliento vital, tras haber perdido su sentido y su finalidad espiritual más esencial?
Difícil y tabú asunto que constituye uno de los más grandes y polémicos dilemas que la sociedad y la medicina aún tenemos planteados.




Luis Manuel Aranda
Médico-Otorrino

martes 19 de agosto de 2008

Mi amiga Ginesa

Mi amiga Ginesa


La conozco hace ya muchos años, desde que vivía su marido y sus dos hijos pequeños, de frecuentes catarros, estaban en casa; hoy ya felices y triunfantes trabajadores universitarios por esos mundos de Dios. Comprenderán, pues, que a Ginesa le ha tocado quedarse sola, como poco a poco nos irá pasando a muchos de nosotros. Pero ella, mujer espléndida de férrea energía, aún aguantaba en casa como podía a sus 84 años, porque creía que eso debería ser su más justo y único destino. Solía decirme:
- Luis, no me animes, no insistas, que no pienso irme a un asilo, que mi madre siempre me enseñó aquello de que las señoras deben recibir en casa.
Cosas así de formidables me contaba, de igual modo que cuando hablábamos de las piedras de su vesícula que debería operarse, siempre acababa con su burlona sonrisa y su: -¿sabes lo que te digo, Luis, que con un poco de suerte voy a ver si me muero antes y me puedo librar de la operación? Era un placer siempre, cuando iba a Sabiote y hablaba con ella de estos y otros personalísimos chascarrillos que nos permitían finalizar riendo y celebrando la buena cabeza que Dios le había dado.

No le preocupaba, pues, el temor a la soledad, sabedora de que la vejez, entre otras cosas positivas, significa el dejar de sufrir por el pasado gracias a la mala memoria que Dios, como regalo final, nos va dando poco a poco. Sí le preocupaba, sin embargo, el comprobar como tanto Dios como sus santos se debían de estar haciendo mayores como ella, porque según me decía, la oían y acompañaban cada día menos. Pero uno, que si sabe que la soledad es un tormento con el que no se nos amenaza ni en el mismísimo infierno de Dante, comenzó hace meses a darle los ánimos necesarios para que buscase una residencia, un asilo, y me ofrecí para ayudarle a hacerlo. Y juntos, lo hemos hecho, llamando de puerta en puerta, imbuidos de una extraña sensación de vergüenza, como al que pillan, por ejemplo, en un descubierto bancario. Nos hemos visto mendicantes, teniendo que dar explicaciones y más explicaciones acerca del necesario y gran favor que recibiría María siendo admitida, mientras nos tragábamos la devastación moral que produce el sentirse humillado y tratado como un pelele.
…-oiga, sí…¡tráiganos a su recomendada señora, que la veremos a ver cómo está!
Para tener que oírnos después: - oiga, sí, nos ha gustado, ¡un poco desnutrida si que está, pero ya la rellenaremos en unos días! ¿Y cuánto vale todo esto, querida madre superiora? – bueno, nada, nada, tan solo el ochenta por ciento de su pensión. Ya les avisaremos, ya les avisaremos.
Y como de nuestra solicitud en ese hotel de cinco estrellas que según todo el mundo refiere son las Hermanitas de los Hermanos Desamparados de Torreperojil, han pasado muchos meses y estábamos desanimados viendo que habíamos soñado y picado muy alto, comenzamos nuestro peregrinaje y pesquisas por los escasos y restantes centros geriátricos de la provincia. ¡Pero que indignado e indefenso se encuentra uno, cuando comprueba en carne propia como los insensibles mandamases políticos han dejado a la mayor parte de nuestros mayores a los pies de los caballos! ¿Verdad, Ginesa? Indignación que procede no solo de ver la poca oferta pública de plazas disponibles al respecto, sino de haber comprobado, de haber visto en nuestra singladura geriátrica, de todo lo humanamente posible. Desde centros con cuidadores/as en la más profunda abnegación humana, cual clones de Teresa de Calcuta, esmerándose de continuo en dar a sus internos la sensación de que son personas y no presos, a otros muchos, demasiados, en que se puede ver como al lamentable envejecimiento biológico, ellos, los cuidadores nefastos y poco humanizados, les incrementan de continuo el otro envejecimiento aún peor: el psicogénico; tratándoles como a menores de edad o subnormales, arrebatándoles de continuo el estatus social y personal que en grado mayor o menor supieron ganarse en la sociedad a lo largo de sus vidas… tuteándoles, llamándoles abuelo, etc., etc. Preteridos, en suma, en centros, que por el contrario, deberían de ser cámaras hiperbáricas de afecto, y que por ello provocan inevitablemente, en gran número de personas mayores y difíciles ya de por si, aún más un mayor rencor y mal carácter.

Mi amiga Ginesa y yo hemos recorrido y visto la verdad y no tiene sentido, que diría el gran Chesterton. E inevitablemente, tras haber acabado con la indignación muy sobada, no hemos podido silenciar nuestra rabia, por lo que queremos hacerles partícipes a Uds., amables lectores, de nuestras reflexiones sobre el tema:
¿Pero cómo es posible que nuestros dirigentes, de cualquier signo, hayan considerado de siempre a la tercera edad, como si fuese un motivo de preocupación menor, dejando en manos de instituciones privadas, en gran medida, la grandeza del socorro social?
¿Pero cómo es posible que se permitan centros privados con el legal y lógico ánimo de lucro, llenos de cuerpos almacenados como pucheros flotantes, chocando de continuo entre si (Goethe dixit), sin obligarles a realizar actividades gratificantes física y psíquicamente?
¿Pero cómo es posible que se desvíen tantos dineros hacia palacios de vanidad política, ya sean de congresos, museísticos o de otra índole?
¿Acaso entenderíamos que un padre de familia numerosa y con el frigorífico casi vacío, optara por priorizar la compra de un televisor de plasma? Pues eso, entiendo, es lo que estamos viendo de continuo que hacen los padres, más bien padrastros de la patria: promocionar lo superfluo, mientras hacen añicos el presupuesto municipal, cuando todavía quedan tantos y tantos huecos sociales por cubrir.
Finalmente, ¿pero cómo no pensamos todos en las grandes necesidades existentes en la tercera edad? Resolviéndolas, aunque sólo fuera en gran parte, saldaríamos una deuda histórica, de verdad y no como la otra, hacia nuestros mayores que crecieron acuciados por la escasez y las preocupaciones y así continuarán, sino sabemos remediarlo, dadas sus míseras pensiones en muchos casos, tan lejanas de los abusivos precios de las residencias más elitistas?

PD: Escribo todo lo anterior a petición previa de mi amiga Ginesa, ya finalmente feliz y hasta un poco más rellenita, tras haber encontrado, gracias a Dios, una residencia humanizada y de relación calidad/precio más que razonable.


Luis Manuel Aranda
Médico-Otorrino

La Heducación

La Hedukación


Anda, tía, pues que la jo... vaya cag...
es que flipas, tía, te lo digo, tía,
pues que la fo... un pez!
(Oído en la puerta de un colegio
privado de cualquier ciudad)

Valga de muestra el botón anterior. Auténtico fruto caído del podrido árbol educativo actual. Lamentablemente, con bueyes así tendremos que arar en el siglo XXI. Mientras, el paro baja, el terrorismo amaina y el dinero público, dice Solbes, está sobrao, así es que con la despensa llena ya y con siete llaves echadas al sepulcro del Cid, pensaría hoy Joaquín Costa, si me lo permiten, que lo único que precisaría España sería una buena pasada por la escuela... el 3er pilar en el que él quería asentar el futuro más prometedor para su país, otrora llamado España.
Apenas se habla de ello. Es la gran asignatura olvidada por los políticos. Les da como vergüenza hablar de un tema tan delicado, tan tabú. Escasas palabras dedican al Plan Renove educativo, a la enorme tarea de limpiar las entelarañadas cabezas de nuestros chavales y enseñantes, salvando siempre las honrosas excepciones, en aras de dar un mayor lustre social al destino personal de cada uno y a la armonización social de todos nosotros. Educar, de “educare” (sacar de sí mismo los mejores sentimientos y las más nobles tendencias por medio de ejemplos, etc.). No se han enterado, ¡qué ironía!, empeñados como están nuestros gerifaltes-fundamentalistas-pedagógicos en poner, por contra, eso sí, muchas materias sobre las pobres cabezas de nuestros hijos. Olvidándose siempre de educar para la búsqueda de la riqueza interior, en esta civilización de multitudes.
A algunos de nuestros maestros seguro que todos los recordamos aún con cariño. Antonia Pepa, por ejemplo ¿qué me enseñaría hace ya tanto tiempo? Sólo recuerdo el llevar mi pequeña silla a clase, porque su pequeña industria no daba para sillas, y el beber en lata, hacinados en aquel minúsculo cuarto-entrada, de única ventilación por la puerta. Y luego a D. Juan Cantero, con su brasero en la entrepierna, educándonos a la vez que nos amamantaba con aquella famosa leche en polvo americana, tan sabrosona y moderna. Con su terrorífica palmeta, como D. Ginés posteriormente. Enseñantes contundentes de que el que la hacía la pagaba. Y posteriormente, ya algún escolapio, que no todos, allá por Getafe, cerca de los madriles, acababan enseñándonos donde estaba el bien y el mal, para toda la vida. Lo otro, eso de que p=3,1416, aquella chorrada, procurábamos olvidarla pronto, sobre todo los que éramos de letras.

Entonces no había apenas profesores, eran todos auténticos maestros. Mi padre, mientras, bastante tenía el pobrecillo con sobrevivir, sólo le quedaba tiempo para darme ejemplo. Pocas palabras le quedaban tras su agotador pluriempleo. Era el viejo reparto de papeles.
Ahora, sin embargo, me contaba mi hijo que su profe fumaba hasta hace poco en clase, hasta que se lo prohibieron, porque decía que a él sólo le pagaban para enseñar latín, no para dar ejemplo. Y aún, me decía, seguía fumando en el claustro, sabiendo como sabía que a sus compañeros les sentaban mal sus malos humos, ¡qué ejemplar! E incluso, para no correr riesgos pedagógicos, el antedicho, que era un hombre circunspecto, les dictaba literalmente todos los días la lección, sin añadidos complementarios, porque decía tener una hernia medio estrangulada y temía hacer esfuerzos. Capaz era de matar de aburrimiento a las mismísimas ovejas, el muy pedagogo! Y nadie le pidió jamás responsabilidades. Pero si un alumno le salía protestón, hipercinético o hacía demasiadas preguntas, lo mandaba rápidamente al psicólogo. Le encantaba echar en los apuros balones fuera, cual Maradona, como aquel médico, vamos:
-Doctor... tengo fiebre, ¿de qué cree usted que será?,
-Tranquila señora, que eso es de la misma fiebre ¡hágasela ver!.
Fíjate papá, me seguía diciendo mi hijo, que este profesor cuando salía del cole y veía a mis compañeros sentados en el suelo, escupiendo pipas o veía a “La Champi” explorando el hígado de su amigo con la lengua, porque pensaba estudiar medicina y le gustaba aprovechar el tiempo, no como otras, el hombre solía mirar para otro lado, para evitarse trabajar fuera del horario lectivo. Prefería seguir con su mala conciencia. Estaba acostumbrado, había creado anticuerpos, y parecía descansar bien, no obstante.
-Oiga, que lo que usted no sabe es que el infierno no es el fuego eterno, que puede ser tener enfrente una APA atravesada. ¡Que no se dice en una hora lo tonto que es Rocamora! Y además, ¿a quién carajo puede interesarle la termodinámica?, ¡ya me dirá usted!.
La sempiterna ley pendular. Hemos pasado de la rigidez de la letra con sangre entra y de la España como unidad de destino al pasotismo actual y a un país fraguándose milagrosamente en medio del desatino presente. Con la política entrando por la puerta de nuestras escuelas, mientras la enseñanza iba saliendo por la ventana.
A la generación que pasamos del mediodía de nuestras vidas, nos enseñaron otras cosas. Siempre había una muralla de respeto entre edades, sexos o sociedad y aquello medio funcionaba. Todos sabíamos aquello de que “buen porte y buenos modales, abrían puertas principales”. Eran actitudes que hacían la vida digna de vivirse y que permitían ir tras la excelencia de las cosas:
- Caballero, haga examen de conciencia antes de acostarse y procure no repetir las mismas estupideces al día siguiente!
Pero ahora, en que parece que todo lo aprendido es ya viejo y caduco, caben todos los experimentos, ambigüedades y proyectos educativos: la LOGSE (muy gordita en lo teórico, pero anoréxica de recursos), como hemos podido comprobar... la ESO... el proyecto curricular... ¡manda-esa-cosa! Con profesores hartos ya de sudar, cavando diarias trincheras por las que enseñar a caminar al que quiera oírles y con la angustiosa certidumbre continuada de que cualquier mocoso de tres al cuarto pueda poner en solfa sus muchos años de sueños y dura preparación (porque en este país, ya lo sabe Ud., cualquier chiquilicuatre puede ser un artista... y hasta el más burro un aprendiz de flautista) Con padres que lanzan hijos a los profesores, que desprovistos de peso social y de armas con que luchar, los rebotan a su vez contra su casa, cansados ya de estar combatiendo sin autoridad ni control alguno sobre el sistema.
Hemos creado los chicos ping pong. E inevitablemente, hemos engordado su crispación y la creciente confusión juvenil. Los acabaremos volviendo locos. Y el que no atiende a la gotera, acude a la casa entera, como dice el saber popular altoaragonés.
Por cierto, ¿sabe usted quién viene educando a los padres, a cuyo patio muchos progres y sabios educadores intentan echar la pelota de la cosa? Cuando todos sabemos que los padres modernos, en su mayoría, no saben educar y sólo sirven para dar cosas.
Creo, para terminar, que nos ha picado a todos el virus de la estupidez o el mal de las vacas locas y tanto el Instituto Pasteur como nuestras Consejerías de Educación respectivas aún no saben como preparar vacunas. Curarán antes el SIDA, ya lo verán.
Nadie quiere cargar con el muerto, con decir ya vale y hasta aquí hemos llegado, en este desierto educativo. Mientras seguimos haciendo los “hunos” y los otros de la educación una piedra arrojadiza, como si no debiera ser la roca más grande, sagrada e inamovible de toda nuestra existencia, gobernase quien gobernase.

Luis Manuel Aranda
De la Sociedad Española de Médicos Escritores