jueves, 23 de octubre de 2008

LA SANIDAD

LA SANIDAD
Publicado, hace tiempo, en la prensa regional y que comparto con vosotros por su aún lamentable vigencia.

En el País del 30 de diciembre y en la sección de cartas al director, el Dr. D. Diego Reverte, confiesa ser un sanitario con 40 años de ejercicio en la sanidad pública. Aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid y que el Duque de Lugo ha sido, lamentablemente, ingresado en un hospital público, como si pretendiese ser un hecho paradigmático, para lanzarnos a la cara las excelencias de La Cosa Pública.

Pues no, mire, Dr. Reverte, y ello, porque cuando D. Juan de Borbón, q.e.p.d., tuvo una neo de laringe, fue a la privada de Pamplona. Y luego sus nietas Elena y Cristina, dieron a luz en las clínicas, también privadas, de Santa Elena y Teknon. Así es que, 3 a 1. Y cuando antes, el viejo y sabio profesor Tierno Galván, se encontró mal, hizo con su esperanza lo que le dio la real gana y se fue a la privada, imitando a la extinta Pilar Miró, q.e.p.d. que se había operado de corazón en La Concha, porque Julio Feo, ya también antes, se había arreglado su hernia discal en la clínica de La Zarzuela. ¿Quiere que sigamos, el resbaladizo hilo de su argumentación?

Uds. los cofrades de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, siguen como siempre, remisos, con el bisturí presto en la pluma, dispuestos a anatemizar a la medicina privada, intentando coger el rábano por la hoja más podrida que aparezca, para darle mayor sabor a sus migas.

Ivan Illich, el personaje de Tolstoi, decía a su familia, en su lecho de muerte: ¡Dejad de mentir! ¡ Vosotros bien sabéis, y yo sé, que me estoy muriendo! ¡ Conqué al menos, dejad de mentir!
Y uno ya no puede ni debe callarse más, porque estoy hartito de que intenten demonizarnos, de que vean nuestra praxis dirigida únicamente a ganar dinero, o que nuestros intereses les parezcan incompatibles con la nobleza de los suyos, cuasi divinos. Hartito de que nos consideren menores de edad, a los que elegimos hace años el camino de la libertad de elección para nuestros pacientes. La defensa del consumidor, en suma, algo que debería constituir su norte de hombre europeo.

Parecen Uds. accionistas o herederos del agonizante Insalud, profundamente egocentristas, como buenos médicos. Pero, ¿por qué ese fanatismo? Entreveo en Uds. un tufillo de actitud ética, que deberían emplear correctamente, a mi parecer, y si me lo permiten, haciendo más bien apología de la ética de la libertad.

Deberían fijarse más y ver la enorme frustración y desengaño de sus compañeros, que quisieran y no pueden hacerlo mejor. Siempre con prisas, con malísimo humor, sin medios en muchos casos, y sin tiempo siquiera para oír los objetivos de sus pacientes. Solicitando a estas alturas, toda la medicina primaria, la concesión de la limosna de 10 minutos para la consulta de cada paciente, o la continuada indignación de los médicos de urgencias móviles, subiendo y subiendo escaleras, solos por la ciudad y en la noche con un fonendo como único acompañante, signo de prestigio, de autoridad y de distanciamiento, esquivando a cada minuto la propensión a la cólera de sus usuarios, por la tardía y pobre asistencia. O si lo prefiere, hablamos de las listas de espera (llame para que le vea el oculista, por ejemplo) o de las camas atravesadas. – Oiga, de paciente-televisor, me ingresaron en la Casa Grande, a los pies de las otras tres camas.
Y por qué no hablar de los enormes agujeros económicos de los hace años transferidos Insalud andaluz y catalán.
Proclame la libre elección de sanidad pública o privada y pida igualdad de trato económico oficial para ambas, porque sino seguirán Uds. diciendo siempre medias verdades (Aragón recibirá aproximadamente unas 12.000 ptas. por aragonés / mes, mientras que la póliza más alta de CajaSalud o Adeslas, por ejemplo, no supera las 6.000 ptas. por paciente / mes) Aspire a que todos nosotros podamos elegir como nuestros vecinos europeos, no sea ludita, oponiéndose al progreso, como hizo Felipe II, prohibiendo a sus súbditos en aquel entonces, estudiar en universidades europeas.

Deje que sus compañeros al salir del hospital no se amarguen, viendo que no llegan a fin de mes ¿Sabe que la medicina que Ud. defiende ha tenido un 68% de pérdida de poder adquisitivo en los últimos 10 años? Qué se vayan a sus consultas privadas, a ser libremente elegidos por sus pacientes, su fuente de felicidad más auténtica, aunque luego las aseguradoras paguen como paguen, que eso es harina de otro costal y es lo de menos.

Y el que más chufle... capador, que dicen por esta tierra aragonesa. No prohíba la esperanza y la libertad, hombre, que Uds. bien que buscan atajos con sus amiguetes médicos, en las listas de espera de su familia. Atajos y habitaciones adecuadas cuando a algún ser querido le toca estar de usuario-televisión o tiene de vecino de habitación a alguien no deseado.

No sea como aquel médico que lo prohibía todo y que hizo decir al nuevo-rico-constructor local -"desde que ha venido este médico, no se siente placer en ser rico"

Un abrazo desde esta Huesca tan lejana

viernes, 19 de septiembre de 2008

LAS DIABLURAS DE MI HIJA CUCA

WEB de Cuca Aranda





miércoles, 27 de agosto de 2008

LA DECREPITUD

LA DECREPITUD
(Dícese de la edad muy avanzada)


D. Segismundo era un añoso funcionario de alto nivel que vivía en una residencia de la Certera Edad. Un caballero cuya divisa siempre fueron los buenos modales y el honor. Casi un eco del pasado, lleno de dinero, pero ya sin ilusión alguna, que achacaba sus casi cien años a lo bien que había sabido dosificar sus emociones, ni excesivas ni ralas.

Siempre había proclamado desde su jubilación, una repetitiva e ingeniosa frase personal que era su catecismo: “voy a intentar descubrir lo que vivirá un Segismundo bien cuidado”.
Desde entonces, como había sido un organizador acostumbrado a liderar hombres, y ya que tenía tiempo, tomó con ahínco las riendas de su propia conservación.
Sabía que las tortugas disfrutaban de una larga vida e intuía que era debido a sus lentos movimientos, así es que decidió no hacer más ejercicio físico que el estrictamente indispensable. Y eso, unido a que todos los días leía a Nietzsche, como entusiasta que era del culto a la energía del espíritu, le permitía tener una cultura que le proporcionaba una armoniosa convivencia con los compañeros y hermanitas del centro. Él daba órdenes y los demás le obedecían complacidos. Y es que la herencia andaba de por medio.
Pero un buen día, y sin previo aviso, como si de un ataque de alergia se tratase, apareció en su cabeza una extraña sensación. Comenzó a sentirse extraño, extranjero en su propia casa.
- “Monja... ¡es Ud. más mala que Indalecio Prieto y Santiago Carrillo juntos!” vociferó en actitud energuménica a la hermana Marina, mirándola con los precavidos ojos de un enemigo.
Y a partir de entonces, comenzó a ser un desgraciado rencoroso. A invertir todo su tiempo en hacerse mala sangre y en hablar en voz alta de todo lo que debería haber hecho en la vida y no hizo. Así como a intercambiar con los demás solamente lamentos y gemidos, mientras se llenaba de apatía e indiferencia, buscando cualquier ocasión para dar un infantil pataleo. Con la sola ilusión de esperar despierto al amanecer de cada día, como única certidumbre de que no todo era oscuro dentro de su pobre cerebro, una auténtica maraña de confusiones que sólo le servían para interpretar delirantemente la realidad y para mantener una actitud de recelo y desconfianza constante hacia todos los demás. Sintiéndose, en definitiva, como si le hubiera caído un piano encima de la cabeza.
La contrariada hermana me contaba el episodio y confirmaba que desde aquel día a D. Segismundo le había abandonado su espíritu. Parecía endemoniado.
Debía ser por aquello de la enfermedad de las vacas locas, que decía la tele, pensaba ella.
Y como fruto de aquella terrible pérdida, todos los días podía observarlo con lágrimas en los ojos, como si sólo hubiera humillación y miseria en todas sus horas. Era como un adulto pequeñito, necesitado solamente de caricias y golosinas, preocupado nada más que por sacar sus rencores fuera y maldecir a un lejanísimo vecino de infancia que le amenazaba y le privó de una adolescencia feliz... ¡qué cosas, D. Luis!
- “Hermana, la vida es así, como el palo de un gallinero, que dicen los argentinos: corta y llena de...” – Pero no se me desmoralice, mujer, que aún nos debe quedar un resquicio para la esperanza. Que no todo acaba con igual patetismo.
Todos hemos conocido a personas centenarias de extraordinaria lucidez, le respondía yo. Y recordaba una cercana experiencia personal vivida durante una urgencia domiciliaria.
- Oiga, Sr. Médico, no me ingrese en el Hospital, que yo ya me he comido la paja que tenía que comerme! Y además, ¿qué mal le he hecho yo a Ud. para que me haga esto? Déjeme morir en casa, que tengo 92 años.
- ¡Ni que el Hospital fuera el cementerio!, le contesté.
- Es verdad, oiga, que no es el cementerio, pero es lo más cercano a eso que hay en esta ciudad, terminó diciéndome.
Y uno se acuerda inevitablemente de cómo el hospital de Úbeda y su cementerio, por ejemplo, podrían coincidir perfectamente con la anterior y sabia observación.
Qué humor y lucidez. Acabé riéndome junto a toda la familia, celebrando su ocurrencia y el que Dios le hubiera conservado “la cabeza de un quinto”, que decían los hijos.
Ante eso, decidimos al unísono, concederle el último deseo... una buena calidad de muerte, allá entre los suyos, en casa, como él quería, mientras la esperaba con la puerta entreabierta, hecho todo un Señor y con un notario al lado, escribiente de sus deseos, nada menos. Entonando una vieja y caústica oración que algún día leyó: “Dios mío, anestesiame en la hora de mi muerte, igual que a otros has anestesiado de por vida”.
Monja y médico, acabamos aquella guardia hablando de todas estas trascendentes cosas y de cómo envejecer era retirarse gradualmente de las apariencias (Goethe).
Hace dos siglos, la vejez se iniciaba a los 35 años y sin embargo, dentro de 10 años, en Francia, los mayores de 60 años constituirán casi el 30% de la población. Y es fácil vislumbrar que en un futuro no muy lejano, media humanidad deberá de cuidar a la otra mitad.
¿Hacia dónde vamos, con nuestra esforzada pretensión de conservar la vida con medidas heroicas, empleando los extraordinarios y costosísimos medios para mantener viva “nuestra carne, esa envoltura llamada cárcel” (Sta. Teresa), una vez desprovista del necesario aliento vital, tras haber perdido su sentido y su finalidad espiritual más esencial?
Difícil y tabú asunto que constituye uno de los más grandes y polémicos dilemas que la sociedad y la medicina aún tenemos planteados.




Luis Manuel Aranda
Médico-Otorrino

martes, 19 de agosto de 2008

Mi amiga Ginesa

Mi amiga Ginesa


La conozco hace ya muchos años, desde que vivía su marido y sus dos hijos pequeños, de frecuentes catarros, estaban en casa; hoy ya felices y triunfantes trabajadores universitarios por esos mundos de Dios. Comprenderán, pues, que a Ginesa le ha tocado quedarse sola, como poco a poco nos irá pasando a muchos de nosotros. Pero ella, mujer espléndida de férrea energía, aún aguantaba en casa como podía a sus 84 años, porque creía que eso debería ser su más justo y único destino. Solía decirme:
- Luis, no me animes, no insistas, que no pienso irme a un asilo, que mi madre siempre me enseñó aquello de que las señoras deben recibir en casa.
Cosas así de formidables me contaba, de igual modo que cuando hablábamos de las piedras de su vesícula que debería operarse, siempre acababa con su burlona sonrisa y su: -¿sabes lo que te digo, Luis, que con un poco de suerte voy a ver si me muero antes y me puedo librar de la operación? Era un placer siempre, cuando iba a Sabiote y hablaba con ella de estos y otros personalísimos chascarrillos que nos permitían finalizar riendo y celebrando la buena cabeza que Dios le había dado.

No le preocupaba, pues, el temor a la soledad, sabedora de que la vejez, entre otras cosas positivas, significa el dejar de sufrir por el pasado gracias a la mala memoria que Dios, como regalo final, nos va dando poco a poco. Sí le preocupaba, sin embargo, el comprobar como tanto Dios como sus santos se debían de estar haciendo mayores como ella, porque según me decía, la oían y acompañaban cada día menos. Pero uno, que si sabe que la soledad es un tormento con el que no se nos amenaza ni en el mismísimo infierno de Dante, comenzó hace meses a darle los ánimos necesarios para que buscase una residencia, un asilo, y me ofrecí para ayudarle a hacerlo. Y juntos, lo hemos hecho, llamando de puerta en puerta, imbuidos de una extraña sensación de vergüenza, como al que pillan, por ejemplo, en un descubierto bancario. Nos hemos visto mendicantes, teniendo que dar explicaciones y más explicaciones acerca del necesario y gran favor que recibiría María siendo admitida, mientras nos tragábamos la devastación moral que produce el sentirse humillado y tratado como un pelele.
…-oiga, sí…¡tráiganos a su recomendada señora, que la veremos a ver cómo está!
Para tener que oírnos después: - oiga, sí, nos ha gustado, ¡un poco desnutrida si que está, pero ya la rellenaremos en unos días! ¿Y cuánto vale todo esto, querida madre superiora? – bueno, nada, nada, tan solo el ochenta por ciento de su pensión. Ya les avisaremos, ya les avisaremos.
Y como de nuestra solicitud en ese hotel de cinco estrellas que según todo el mundo refiere son las Hermanitas de los Hermanos Desamparados de Torreperojil, han pasado muchos meses y estábamos desanimados viendo que habíamos soñado y picado muy alto, comenzamos nuestro peregrinaje y pesquisas por los escasos y restantes centros geriátricos de la provincia. ¡Pero que indignado e indefenso se encuentra uno, cuando comprueba en carne propia como los insensibles mandamases políticos han dejado a la mayor parte de nuestros mayores a los pies de los caballos! ¿Verdad, Ginesa? Indignación que procede no solo de ver la poca oferta pública de plazas disponibles al respecto, sino de haber comprobado, de haber visto en nuestra singladura geriátrica, de todo lo humanamente posible. Desde centros con cuidadores/as en la más profunda abnegación humana, cual clones de Teresa de Calcuta, esmerándose de continuo en dar a sus internos la sensación de que son personas y no presos, a otros muchos, demasiados, en que se puede ver como al lamentable envejecimiento biológico, ellos, los cuidadores nefastos y poco humanizados, les incrementan de continuo el otro envejecimiento aún peor: el psicogénico; tratándoles como a menores de edad o subnormales, arrebatándoles de continuo el estatus social y personal que en grado mayor o menor supieron ganarse en la sociedad a lo largo de sus vidas… tuteándoles, llamándoles abuelo, etc., etc. Preteridos, en suma, en centros, que por el contrario, deberían de ser cámaras hiperbáricas de afecto, y que por ello provocan inevitablemente, en gran número de personas mayores y difíciles ya de por si, aún más un mayor rencor y mal carácter.

Mi amiga Ginesa y yo hemos recorrido y visto la verdad y no tiene sentido, que diría el gran Chesterton. E inevitablemente, tras haber acabado con la indignación muy sobada, no hemos podido silenciar nuestra rabia, por lo que queremos hacerles partícipes a Uds., amables lectores, de nuestras reflexiones sobre el tema:
¿Pero cómo es posible que nuestros dirigentes, de cualquier signo, hayan considerado de siempre a la tercera edad, como si fuese un motivo de preocupación menor, dejando en manos de instituciones privadas, en gran medida, la grandeza del socorro social?
¿Pero cómo es posible que se permitan centros privados con el legal y lógico ánimo de lucro, llenos de cuerpos almacenados como pucheros flotantes, chocando de continuo entre si (Goethe dixit), sin obligarles a realizar actividades gratificantes física y psíquicamente?
¿Pero cómo es posible que se desvíen tantos dineros hacia palacios de vanidad política, ya sean de congresos, museísticos o de otra índole?
¿Acaso entenderíamos que un padre de familia numerosa y con el frigorífico casi vacío, optara por priorizar la compra de un televisor de plasma? Pues eso, entiendo, es lo que estamos viendo de continuo que hacen los padres, más bien padrastros de la patria: promocionar lo superfluo, mientras hacen añicos el presupuesto municipal, cuando todavía quedan tantos y tantos huecos sociales por cubrir.
Finalmente, ¿pero cómo no pensamos todos en las grandes necesidades existentes en la tercera edad? Resolviéndolas, aunque sólo fuera en gran parte, saldaríamos una deuda histórica, de verdad y no como la otra, hacia nuestros mayores que crecieron acuciados por la escasez y las preocupaciones y así continuarán, sino sabemos remediarlo, dadas sus míseras pensiones en muchos casos, tan lejanas de los abusivos precios de las residencias más elitistas?

PD: Escribo todo lo anterior a petición previa de mi amiga Ginesa, ya finalmente feliz y hasta un poco más rellenita, tras haber encontrado, gracias a Dios, una residencia humanizada y de relación calidad/precio más que razonable.


Luis Manuel Aranda
Médico-Otorrino

La Heducación

La Hedukación


Anda, tía, pues que la jo... vaya cag...
es que flipas, tía, te lo digo, tía,
pues que la fo... un pez!
(Oído en la puerta de un colegio
privado de cualquier ciudad)

Valga de muestra el botón anterior. Auténtico fruto caído del podrido árbol educativo actual. Lamentablemente, con bueyes así tendremos que arar en el siglo XXI. Mientras, el paro baja, el terrorismo amaina y el dinero público, dice Solbes, está sobrao, así es que con la despensa llena ya y con siete llaves echadas al sepulcro del Cid, pensaría hoy Joaquín Costa, si me lo permiten, que lo único que precisaría España sería una buena pasada por la escuela... el 3er pilar en el que él quería asentar el futuro más prometedor para su país, otrora llamado España.
Apenas se habla de ello. Es la gran asignatura olvidada por los políticos. Les da como vergüenza hablar de un tema tan delicado, tan tabú. Escasas palabras dedican al Plan Renove educativo, a la enorme tarea de limpiar las entelarañadas cabezas de nuestros chavales y enseñantes, salvando siempre las honrosas excepciones, en aras de dar un mayor lustre social al destino personal de cada uno y a la armonización social de todos nosotros. Educar, de “educare” (sacar de sí mismo los mejores sentimientos y las más nobles tendencias por medio de ejemplos, etc.). No se han enterado, ¡qué ironía!, empeñados como están nuestros gerifaltes-fundamentalistas-pedagógicos en poner, por contra, eso sí, muchas materias sobre las pobres cabezas de nuestros hijos. Olvidándose siempre de educar para la búsqueda de la riqueza interior, en esta civilización de multitudes.
A algunos de nuestros maestros seguro que todos los recordamos aún con cariño. Antonia Pepa, por ejemplo ¿qué me enseñaría hace ya tanto tiempo? Sólo recuerdo el llevar mi pequeña silla a clase, porque su pequeña industria no daba para sillas, y el beber en lata, hacinados en aquel minúsculo cuarto-entrada, de única ventilación por la puerta. Y luego a D. Juan Cantero, con su brasero en la entrepierna, educándonos a la vez que nos amamantaba con aquella famosa leche en polvo americana, tan sabrosona y moderna. Con su terrorífica palmeta, como D. Ginés posteriormente. Enseñantes contundentes de que el que la hacía la pagaba. Y posteriormente, ya algún escolapio, que no todos, allá por Getafe, cerca de los madriles, acababan enseñándonos donde estaba el bien y el mal, para toda la vida. Lo otro, eso de que p=3,1416, aquella chorrada, procurábamos olvidarla pronto, sobre todo los que éramos de letras.

Entonces no había apenas profesores, eran todos auténticos maestros. Mi padre, mientras, bastante tenía el pobrecillo con sobrevivir, sólo le quedaba tiempo para darme ejemplo. Pocas palabras le quedaban tras su agotador pluriempleo. Era el viejo reparto de papeles.
Ahora, sin embargo, me contaba mi hijo que su profe fumaba hasta hace poco en clase, hasta que se lo prohibieron, porque decía que a él sólo le pagaban para enseñar latín, no para dar ejemplo. Y aún, me decía, seguía fumando en el claustro, sabiendo como sabía que a sus compañeros les sentaban mal sus malos humos, ¡qué ejemplar! E incluso, para no correr riesgos pedagógicos, el antedicho, que era un hombre circunspecto, les dictaba literalmente todos los días la lección, sin añadidos complementarios, porque decía tener una hernia medio estrangulada y temía hacer esfuerzos. Capaz era de matar de aburrimiento a las mismísimas ovejas, el muy pedagogo! Y nadie le pidió jamás responsabilidades. Pero si un alumno le salía protestón, hipercinético o hacía demasiadas preguntas, lo mandaba rápidamente al psicólogo. Le encantaba echar en los apuros balones fuera, cual Maradona, como aquel médico, vamos:
-Doctor... tengo fiebre, ¿de qué cree usted que será?,
-Tranquila señora, que eso es de la misma fiebre ¡hágasela ver!.
Fíjate papá, me seguía diciendo mi hijo, que este profesor cuando salía del cole y veía a mis compañeros sentados en el suelo, escupiendo pipas o veía a “La Champi” explorando el hígado de su amigo con la lengua, porque pensaba estudiar medicina y le gustaba aprovechar el tiempo, no como otras, el hombre solía mirar para otro lado, para evitarse trabajar fuera del horario lectivo. Prefería seguir con su mala conciencia. Estaba acostumbrado, había creado anticuerpos, y parecía descansar bien, no obstante.
-Oiga, que lo que usted no sabe es que el infierno no es el fuego eterno, que puede ser tener enfrente una APA atravesada. ¡Que no se dice en una hora lo tonto que es Rocamora! Y además, ¿a quién carajo puede interesarle la termodinámica?, ¡ya me dirá usted!.
La sempiterna ley pendular. Hemos pasado de la rigidez de la letra con sangre entra y de la España como unidad de destino al pasotismo actual y a un país fraguándose milagrosamente en medio del desatino presente. Con la política entrando por la puerta de nuestras escuelas, mientras la enseñanza iba saliendo por la ventana.
A la generación que pasamos del mediodía de nuestras vidas, nos enseñaron otras cosas. Siempre había una muralla de respeto entre edades, sexos o sociedad y aquello medio funcionaba. Todos sabíamos aquello de que “buen porte y buenos modales, abrían puertas principales”. Eran actitudes que hacían la vida digna de vivirse y que permitían ir tras la excelencia de las cosas:
- Caballero, haga examen de conciencia antes de acostarse y procure no repetir las mismas estupideces al día siguiente!
Pero ahora, en que parece que todo lo aprendido es ya viejo y caduco, caben todos los experimentos, ambigüedades y proyectos educativos: la LOGSE (muy gordita en lo teórico, pero anoréxica de recursos), como hemos podido comprobar... la ESO... el proyecto curricular... ¡manda-esa-cosa! Con profesores hartos ya de sudar, cavando diarias trincheras por las que enseñar a caminar al que quiera oírles y con la angustiosa certidumbre continuada de que cualquier mocoso de tres al cuarto pueda poner en solfa sus muchos años de sueños y dura preparación (porque en este país, ya lo sabe Ud., cualquier chiquilicuatre puede ser un artista... y hasta el más burro un aprendiz de flautista) Con padres que lanzan hijos a los profesores, que desprovistos de peso social y de armas con que luchar, los rebotan a su vez contra su casa, cansados ya de estar combatiendo sin autoridad ni control alguno sobre el sistema.
Hemos creado los chicos ping pong. E inevitablemente, hemos engordado su crispación y la creciente confusión juvenil. Los acabaremos volviendo locos. Y el que no atiende a la gotera, acude a la casa entera, como dice el saber popular altoaragonés.
Por cierto, ¿sabe usted quién viene educando a los padres, a cuyo patio muchos progres y sabios educadores intentan echar la pelota de la cosa? Cuando todos sabemos que los padres modernos, en su mayoría, no saben educar y sólo sirven para dar cosas.
Creo, para terminar, que nos ha picado a todos el virus de la estupidez o el mal de las vacas locas y tanto el Instituto Pasteur como nuestras Consejerías de Educación respectivas aún no saben como preparar vacunas. Curarán antes el SIDA, ya lo verán.
Nadie quiere cargar con el muerto, con decir ya vale y hasta aquí hemos llegado, en este desierto educativo. Mientras seguimos haciendo los “hunos” y los otros de la educación una piedra arrojadiza, como si no debiera ser la roca más grande, sagrada e inamovible de toda nuestra existencia, gobernase quien gobernase.

Luis Manuel Aranda
De la Sociedad Española de Médicos Escritores

Contestación a mi amigo "EL ZORRO"

"El Zorro" escribió: "ver el foro de Sabiyut"

San Ginés Bendito, ilumina a vuestro alcalde para que no me vuelva a avergonzar si vuelvo a mi pueblo con mis amigos, no permitas que el pueblo de mis padres y el mio, se convierta en una republica bananera, anarkika, nido de borrachos drogadictos y prostitutas, con el visto bueno y el sello del Ayuntamiento, y permite que las fuerzas del orden, mandadas por su alcalde, se ganen el pan horandamente de una puta vez.

Libranos de la pésima imagen que hemos dado esta fería y libranos del mal, de más mal.Amén.

¡¡¡VIVA SAN GINÉS DE LA JARA!!!

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Le respondo:

Pongo el amén a la oración-plegaria del Zorro:

Amigo y desconocido Zorro: Sumo a tu indignación la mía. Pero que vergüenza me hizo pasar el alcalde, el pobrecillo, mientras lo veía parasitar el pregón de nuestras fiestas, usufructuando un acto que en justicia, en pura y democrática distribución de papeles, debería haber correspondido al edil de festejos, un hombre amable, cabal y educado, capaz de saludar y todo.

Porque ningunear a los demás, no es sino eso, desplazarlos, ocupar su lugar, a mayor honra y gloria de la demagogia .Y no contento con sustituirlo, se dedicó a ocupar más de la mitad del acto, contra el protocolo más elemental, dedicando lamentables disquisiciones , contra alguien muy querido y apreciado en Sabiote y al que debemos la reversión del CONVENTO a nuestro pueblo , tanto por sus gestiones ante la propiedad como por haberse rascado su propio bolsillo. Finalizó su soflama invitando al antedicho Sr. a entrar en la lucha política, si es que disentía de sus planes de futuro sobre su proyecto de obras al respecto. Pero ¿ como va a entrar en politica, amigo Zorro? si como diría el pobre Umbral ,él no lo necesita, tal vez como tú y como yo.

Oiga ¿ que opina Vd. de que se haya metido el alcalde contra alguien sin que este esté presente y no se pueda defender?---Pues en este pueblo, decimos que no tiene altura, que más bien es bajito, me contestaba el sabioteño vecino de al lado, sin saber quién era yo!

Y como no pude con su miseria, ni con el hecho de que hubiera sido incapaz de invitarnos al inicio del acto, al minuto de silencio protocolario, a tan solo unas horas de la tragedia de Barajas , para sustituirlo vanidosamente, por su pobre y hueca palabreria, opté por hacer lo que se hacía antaño ¿ te acuerdas, con los sermones de D. Lorenzo?,pues tomar la fresquita .También es verdad, en honor a ella, que posteriormente, la provecta pregonera, intento incardinar el minuto de silencio, el acto espiritual y público de condolencia y respeto, por las victimas y sus familiares, cuando ya era demasiado tarde y la pobre mujer tuvo que dar una larga cambiada para que no quedase nuestro personaje con el culo al aire.

Luego, tras oir que había acabado, entré para volver a tener que indignarme oyendo a la distinguida pregonera admitir y vanagloriar , entre otras cosas, al botellón hispánico, por ser en sus palabras" un lugar fabuloso de encuentro y de diálogo entre jóvenes, entre miembros y miembras ,para pasarlo bien ( esto ya de mi cosecha).Y me indignaba doblemente, porque fundamentalmente, aparte de estar un par de días con mi hermano Pepe y su familia ,bajaba para llevar tanto a nuestro querido amigo Paco, el poeta, como a su familia, los mejores tapones de oido que les he podido encontrar, antes de que pueda llegarles cualquier angor pectoris, porque el otro, el angor animi,(que dirían los clásicos) o depresión ,ya lo tienen hace tiempo, por vivir desgraciadamente al lado de ese sucedáneo de ateneo literario y cultural , según la pregonera, que es el Parque de Velázquez, lugar de celebración de verbenas y botellón y que más bien deberíase de rebautizar como de Goya., por aquello de estar más en sintonía con la agudeza auditiva lamentable que les espera a todos sus vecinos y si Dios no lo remedia.

Sabiote en fiestas…Todo un gran y desordenado parking de coches y caballos, cacas de lo mismo y personajes/ personajas, clónicos de la feria de abril de Sevilla, patéticamente clónicos y entremezclados en un lamentable totum revolutum¡ Hay, la puñetera globalización cuanta impostura nos está acarreando y que sabiduría la de aquellos urbanistas de nuestro Albaicín, tan ajeno hoy día y siempre a verbenas, coches y ensordecedoras motos!

Casposa feria, estoy totalmente de acuerdo con tu plegaria, amigo y desde hoy mismo, hermano Zorro. ¿ quién me iba a decir a mí que algún día acabaría confraternizando y pensando como un zorro?. ¿os acordais de aquél S. Ginés del caballo de Asensio, el de D. Samuel y el de la expedita calle de Pepe el chófer, un título casi nobiliario de nuestros infantiles años? Recuerdos en sepia realmente gratificantes.

¡FERIA DE SABIOTE: LA FERIA DEL IRÁS Y NO VOLVERÁS


En el entierro de la madre de un buen gitano y amigo de aquí de Huesca, y tras verle como se partía el alma de dolor, al ir a darle el pésame me dijo…

Ay. ay
…Sr. dortó: Debíamo de naseé huérfano ¡ .Pues eso, desconocido amigo, huérfanos de pueblo deberíamos de nacer, para evitarnos tanta y tanta desagradable cosa como tenemos que padecernos cuando en haciendo el salmónido, una vez al año, decidimos subir/bajar hacía el que creíamos puro manantial de nuestra infancia.

Un abrazo desde la distancia , ya sin ensordecedores ni malditos ruidos.

Luis ARANDA--Huesca

INIQUIDADES

INIQUIDADES


Terribles cosas pasan diariamente en nuestro país, provocadas casi siempre por hombres que se habían unido en pareja, pensando como muchos negros en África, que la mujer debería de ser algo así como su tractor. Lamentable filosofía, hija de la falta de sensibilidad, de educación y de prepotencia masculinas, tan comunes por estos lares. Todos sus vecinos y amigos lo veían venir. Percibían la incubación de la futura tragedia cuando aquel individuo, en el bar de la esquina, oyendo por la tele el asesinato de alguna pobre mujer a manos de su esposo, siempre mascullaba lo mismo... “algo le habrá hecho, nadie mata a nadie porque sí”. Quedándose tan pancho tras el exabrupto, como liberado, con cara de justiciero, capaz de justificarlo todo, puesto que consideraba estar padeciendo un parecido calvario.

Había pasado de tener una vida normalita, de aquellas de ir tirando, a ser un desgraciado marido, con una vida triste y llena de celos hacia sus hijos, amantes únicamente del cariño y de las atenciones de su madre. De celos y de envidias hacia aquella mujer de hierro que siempre acababa por resolver y salir adelante en los momentos más negros de la familia. Hacía años que había decidido acabar rindiéndose, ante la avalancha de impertinencias lanzadas en su contra, perdido los papeles, en suma, pasando de ser un convidado en la casa materna a ser algo así como una esponja diariamente empapada por el continuado goteo de desdén e infravaloración ajena. Sintiéndose siempre como un mandao, él, que tan flamenco había sido durante el noviazgo y los primeros años de su matrimonio. Años que añoraba todos los días, ahora que sólo pensaba en sobrevivir, rodeado de tanta iniquidad, de tanto maltrato psíquico y de tanto acoso moral permanente por una esposa en continua perorata...

-Tú te callas, Honorato, que no dices más que tonterías
- Ni sabes cocinar, ni limpiar, ni nada de nada. Vamos, como tu padre, un desastre
- Saca al perro, anda, que ya te lo he dicho tres veces. Qué no me oyes, ¡sordo!
- Y el sagrado mandamiento del matrimonio, ese, me lo vas a administrar cuando yo te diga!

Cercenadora convivencia en el cruel día a día. Persistente goteo que acabó, como comprenderán por destruir a nuestro personaje. Amargó y corroyó su existencia, convirtiéndolo en un hombre menguado, transido, en un alma en pena, deshecho por su sentida inferioridad.
Ya saben que el odio suele triunfar allá donde no puede triunfar el amor, y como él había oído que donde no se encuentra amor se había de pasar de largo, harto de no ser querido, lo único, decía, por lo que merecía la pena vivir, decidió acabar con todo, ya que su convivencia hacía tiempo que había dejado de cimentarse sobre una ilusión compartida. Se había quedado sin fuerzas, mejor dicho, sólo le quedaba fuerza física y mucha neurosis obsesiva, huérfano de su antigua autoestima y de fuerza moral alguna.
Así de mal se encontraba, cuando ahogando sus penas en el bar de siempre, y con lágrimas en los ojos, un amigo de la infancia y de tapeo, a los únicos que pueden hacerse confesiones parecidas, le comentó que su mujer le había pegado.

Era ya lo único que le quedaba admitir como posible para perder la última y pequeña dignidad que creía aún conservar, la gota de agua que colmaría su llenado vaso y que le impelió a tirarse al profundo e indulgente pozo, capaz allá en su pueblo de Andalucía de paliar tanto la sed del cuerpo como la sequedad del alma. Pero antes, decidió llevarse por delante a su monográfica y monotemática esposa, como solía desdeñosamente adjetivarla en el bar de marras. A su santa, mujer ejemplar y fuerte, como casi todas las mujeres, pero merecedora de un escarmiento físico, según su enfebrecida mente, ya que eso, era lo único en que podía aventajarla.

Valga para explicarles, si me lo permiten, una historia cualquiera de tantas y tantas pobres gentes que viven en medio de una terrible esquizofrenia, y que actúan de forma autodestructiva, con un comportamiento sorprendentemente agresivo. Porque no solamente no se sienten felices sino que encima les han hecho creer, para su mayor sufrimiento, que la felicidad es una vecina que siempre vive en el piso de arriba.




Luis Manuel Aranda
Médico - Otorrino