lunes, 27 de marzo de 2017

LA JUBILACIÓN MÉDICA



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LA JUBILACIÓN MÉDICA



Tiene los mimbres de la propia vida. Hecha de vivencias agridulces, posiblemente tan diferentes entre sí, que de su buena o mala condimentación previa, puede resultar desde un liberador estofado a la pérdida del cielo en la propia tierra.

Los médicos también podemos acabar de la misma manera, tras completar bien una vida llena de auténtico significado, tratando y resolviendo los problemas de gentes más o menos necesitadas, o por el contrario, liberados, decía, si se ha tenido la desgracia de ejercer en un pequeño horno existencial, de esos que llegan a quemar, ya por presión asistencial, por falta de tiempo o medios, por los riesgos inherentes a la especialidad, neurocirugía. por ej., o incluso por algo más elemental, por haber tenido que llevar colgado de la chepa, todos los días, al incompetente y digitocrático compañero político de turno, más proclive al estudio del coste-productividad-efectividad y a mirar por encima del hombro a los camaradas, que a estar tras las crudas tragedias humanas o el estrés quirúrgico de los demás, los auténticos sufridores de la Cosa. Algo que hicieron, sin duda, y salvo honrosísimas excepciones, por no tener talla, implicación o empatía capaces de conmoverse de continuo con los pequeños o grandes problemas de sus pacientes…los usuarios, como despectivamente les gusta llamar últimamente, mientras la mayoría de sus compañeros prefirieron desde siempre quedarse al pie del cañón y pensando, divertida y desdeñosamente al verlos, en el viejo y certero refrán…”herradura que chacolotea, clavo le falta”.

Pues bien, bocetadas las dos posibilidades existenciales de ser médico, ahora sólo quiero pensar en aquellos compañeros que han disfrutado del inmenso placer de ser hombres prácticos resolviendo de continuo los problemas que realmente ayudan a vivir mejor a los demás, ya teniendo que tomar decisiones vitales, como comunicando malas/buenas noticias con la mayor humanidad y sensibilidad posibles, ya preocupados además por superar toda la ansiedad y estrés inherente al duro y diario ejercicio y que han vivido muy en serio toda la vida para hacer cosas muy serias, mientras veían a su alrededor la eterna dejación y dejación de responsabilidades en todas las luchas no luchadas tanto por parte de la Administración sanitaria como del propio Colegio profesional, capaz, eso sí, a toro pasado, de crear un organismo asistencial para tratar y socorrer específicamente al médico quemado o adicto a las mil cosas a las que puede conducir la mala o estresada vida profesional, cuando previamente ni han sabido ni querido prevenir nada en una lucha que pudiera haber mejorado las condiciones de un digno y remunerado ejercicio. Su única justificación legal y ética.

Microtraumas todos ellos que al fin y a la postre han existido como marginales a nuestras esencias hipocráticas y que con pequeñas tiritas en el alma las hemos ido sobrellevando, de la misma manera que hemos crecido desde siempre con la idea de que se nos puede querer, pero que a la vez, el sentimiento tiene una clara ambivalencia…se nos desea no volver a vernos nunca más (que del médico y el mulo, cuánto más lejos, más seguro, dicen por mi andaluza tierra).

Valgan todas las pinceladas previas para acabar ahora con el cuadro final que nos ocupa, el de la cruel, inevitable y fatídica realidad de la forzosa jubilación. Palabras, pensadas y dichas en homenaje a mi compañero y amigo del alma, el Dr. X, con alma galénica hecha de los mimbres antedichos y que ha dedicado toda su vida profesional de especialista a la estricta ciencia oficial, llegando incluso a dirigir de continuo tanto tesis doctorales como esforzados y valiosos proyectos de investigación. Pues bien, quince días antes de cumplir la edad de jubilación, recibió la famosa carta , comunicándole la rotura oficial de todos los puentes, de todos sus vínculos emocionales y profesionales con pacientes y lugar de trabajo. Diciéndole, vamos, que se considerase amortizado, y que por tanto, tanto las tres tesis doctorales que dirigía, como los dos proyectos de investigación que llevaba entre manos, que muy bien, que les importaban un rábano.

Y mi amigo pasó unos días terribles, como esos pacientes que considerándose terminales se aferran desesperadamente a la esperanza, a su continuidad, sencillamente porque, cosas de sabio, había olvidado que era tan mortal como el resto, absorto como vivía en trascenderlo todo en su quimérico viaje vital de excelencia y sobreesfuerzo personal y profesional. En su personalísimo calvario, en la travesía personal hacía la nada, hasta hemos tenido tiempo para las bromas y la ironía, antes de emigrar, de salir.

Hace poco me decía, Luis, ya ves, los médicos hacemos una singladura vital inversa a la política. En ella, cualquier chiquilicuatre puede acostarse siendo un perfecto Don Nadie, para levantarse al día siguiente siendo un atildado Congresista, mientras nosotros, ya ves, pasar del ser al no ser sólo depende de correos. Y hemos hablado, como no, de que la dichosa carta, con su cruel toque de clarín, anunciador de que hay que cambiar de tercio, no hace sino invitarnos a retirarnos a los corrales, a nuevos libros, aficiones y menesteres, que nos hagan olvidarnos pronto del lugar de trabajo, a donde si vuelves, ya puede que nadie te salude, conozca o sonría, aunque siempre puede quedar el recurso de dejar en su puerta y por la noche un ramo de flores sobre la tumba de tantos sueños y gratos recuerdos, como por ej.:

el de la ansiedad y emoción de pasar consulta cada día/ el de la sensación profesional de formar parte de algo importante/ el de las pequeñas bromas que solíamos gastar a los pacientes para librarles de su estrés antes de entrar en el quirófano/ el de la jovialidad y entusiasmo que ejercían sobre nosotros nuestros pacientes con su fe/ el de la intensa euforia del quirófano, cuando todo había salido bien.

Convencidos, en suma, con el Dr. V. Fuster y el Dr. Marsh, neurocirujano inglés, Buda y la Biblia, entre tanto y tanto sabio consejero, de que “la ruta más fiable hacía la felicidad personal es y ha sido hacer felices a otros”.

Posdata: Mi amigo, el Dr. X, médico y avezado navegante, siempre me comentaba una máxima griega mientras navegábamos antaño en su Coronado por las Baleares…”navegar es necesario, vivir no lo es”; por eso, ahora, no ha dudado en seguir ejerciendo en un hospital francés en donde han sabido valorar y aprovechar toda su ciencia y experiencia. Y próximo a los Pirineos, todas las mañanas, tras levantarse, no es capaz de comenzar la jornada sin abrir previamente la ventana para saludar a su querido y próximo país, mientras practica un liberador, íntimo y sonoro corte de mangas que pueda llegar hasta el Ministerio de la exMato, aquella pintoresca persona que desconocía como habían podido llover los Jaguar sobre su garaje.

Luis Manuel Aranda

Médico- Otorrino









miércoles, 11 de enero de 2017

CALLE DE LA BASURA





Y de la vergüenza ciudadana. Es como me la ha definido un amigo radiólogo venido desde Madrid , tras bajarse del Ave y encontrar su acera de salida no solamente negra, barnizada con los incívicos mil chicles pegados, sino porque además, al subir andando hacia el centro por ella, la calle Zaragoza, ha seguido con la peculiar lectura radiográfica que nos ocupa. De esas que dejan al paciente paralizado, haciéndole sudar de dolor y asombro.

Mi amigo Ricardo vino a verme porque estaba harto de que le dijese aquello tan socorrido de que teníamos una ciudad que era “un parque rodeado de edificios” y que incluso hasta que los efectos de la nefasta Logse comenzaran a sentirse en la sociedad y la convivencia, la única contaminación que teníamos era la acústica. La provocada en el Parque M. Servet por los chillidos amorosos de aquellos divinos pavos reales en celo. Así es que íbamos subiendo por sus aproximadamente quinientos metros hasta los Porches de Galicia, el urbano corazón, mientras yo hacía historia hablándole del café Mongotti, alias La Suiza, inaugurado a finales del siglo XIX, y que acabó dando paso al restaurante Sauras y al Real Aeroclub, como el gran centro social y de baile hasta no hace demasiados años. 
Y le hablaba también, cómo no, con que tenía una librería papelería entrañable, de rancio sabor local y crujientes suelos de madera, luego vilmente sustituida por la desustanciada y fagocitaria banca.
La idea era llegar, como decía, a la plaza de López Allué, su famoso escritor, periodista y versificador, para entrar después en La Confianza, la Capilla Sixtina del humanizado gusto por el comercio de siempre o las cosas bien hechas, y poder acabar con el sublime postre de San Pedro el Viejo. Pero fue en la paradita de la plaza de Navarra, tras comentarle como fue bautizada así en homenaje a los heroicos requetés navarros que tan eficazmente colaboraron en la ruptura de su terrible y prolongado sitio guerracivilista, cuando él, mi amigo, se sumió en una profunda
reflexión…
Luis, me dijo, cuando una ciudad necesita o pretende, turísticamente hablando, hacerse
querer, procura presentar u cara más amable, las flores y olores más adecuados, procurando siempre que su “huella ecológica”, su impacto ambiental, como tanto gusta ahora decir a la nueva cursilería política, sea lo más pequeño y lesivo posible. De manera que cualquier capital de provincias que se precie de culta y sensible, siempre procura dar una imagen que hable por sí sola de las bondades de sus gentes. Nunca enseña sus interioridades ni sus trapos sucios.
¿Acaso no os prohíben ellos la ropa tendida en las fachadas como algo aceptado y acorde con el refinamiento más elemental? Para seguir ¿es que vuestros ediles desconocen que en el centro de las grandes ciudades con más sensibilidad y ambición, ya hay inventados otros métodos para la necesaria recogida de basuras en sitios clave?
Pues bien, mirando y mirando, me decía, he venido contando hasta dieciocho contenedores de basura en tan corta , transitada y turística calle, mandaesacosa!

Mientras yo me sonrojaba por dentro; y por si todo el despropósito municipal no fuera
suficiente en cuánto a contaminación visual y olorosa se refiere, en llegando a la esquina de su antedicha y famosa plaza, tuvimos que trotar para poder eludir al sempiterno saxofonista rumano de marras, que ya parece más bien un funcionario con mando en plaza, y habilitado especialmente para castigarnos los oídos con sus desafinadas y eternas “Guantanamera y La Cucaracha”. Para mayor honra y gloria de la cutredad hecha calle. Perdona, Ricardo, acabé diciéndole, mientras le recordaba que la estética de algo es lo que se percibe mediante sensaciones y que como estas, llegan a embotarse con la costumbre y el uso, por eso, tal vez, convivir en esta Huesqueta con toda su basura antedicha nos ha impedido hablar mal de ella, porque acomodarse y mirar para otro lado pertenece a la más elemental supervivencia humana.

Al fin y a la postre, los sufridos turistas que nos visitan, aquellos que vienen con la aprendida lección de sus personajes y su historia, pueden hasta permitirse pasar de la mala presentación que hacen de ella sus negligentes políticos. Bien es verdad que la cosa, desde el punto de vista psicoanalítico y social, tiene su miga. Hasta puede oler a acto fallido, a sutil venganza contra el nombre de nuestra capital autonómica, ya sea por sana envidia o , tal vez, por habernos sabido quitar allá por el XVI, la primacía de nuestra entonces exclusiva universidad Sertoriana. Acabé por responderle en improvisada reflexión.
Julio Brioso, q.e.p.d, en su libro Las calles de Huesca nos relata como su Diario del mismo nombre del 28/VI/1.877, denunciaba un caso lacerante para la pituitaria de los ciudadanos: “en la acera izquierda de la c/ Zaragoza, inmediato al taller de fundición del Sr. Cristófol, existe un gran trozo de terreno de huerta sin cercar que, además de resentir el ornato de aquella concurrida parte de la población, sirve a muchos para desahogos, comodidades y actos que repugnan a la moral y crean un foco de infección perjudicial a la salud”. Jesús, Jesús, pero que requetebién se escribía entonces…”además de resentir el ornato”!!!
Pienso en todo ello, mientras acabo escribiendo con las inevitables arcadas por nuestra
querida y emblemática patogénica calle que conduce, vía AVE, desde el resto del mundo hacía nuestro más querido corazón urbano. Feliz Navidad.

Luis Manuel Aranda
Médico-Otorrino


jueves, 8 de diciembre de 2016

MI VIAJE A CUBA



MI VIAJE A CUBA

Y porque surgió el Congreso Iberoamericano de ORL, decidí embarcarme el pasado junio en el viejo deseo de conocer la isla. Sería algo así como la vieja Quina Santa Catalina…”medicina y golosina”, de forma que si la ciencia no rendía fruto alguno, al menos cumpliría con un sueño nunca realizado, que iba dejando y dejando por mor de haberme prometido a mí mismo desde la noche de los tiempos, que nunca pondría allí pie alguno hasta que el responsable de tanto presunto desastre, no hubiera desaparecido. Malvadamente, hasta llegué a soñar con que el veleidoso destino me pudiera regalar la asistencia a un famosísimo entierro y entonces, matar tantos pájaros de un solo tiro, aun hacía la cosa mucho más apetecible.
Ahora, a toro pasado y desde la madura reflexión que da la distancia, tengo la necesidad personal de las siguientes líneas, en el ánimo de poner en orden tanta tormenta de sensaciones y vivencias en su justo término.
Y como nada en la vida es verdad ni es mentira, sino que es el color con que se pueda mirar el responsable final de un juicio de valor o su contrario, entonces, si el mirar está tamizado por la ideología o las vísceras, es verdad que podemos quedarnos en la simplicidad de ver que no hay nada bueno que pudiera redimir o justificar la existencia de una toma del poder de forma abrupta, no democrática, pero si la mirada es abierta ,sin prejuicios de dogma alguno , hay que hablar de todas las carencias que conocemos ,suponemos y hemos visto vía tv,  pero también que no es menos cierta la realidad que uno, personalmente, pudo sentir y hasta admirar.
Viendo aquél fabuloso país con forma de salchicha de 1.200 Km de largo y aunque apenas haya muchas cosas materiales que puedan estar disponibles para la gran clase media, sin embargo es increíblemente asombroso el gran gap cultural con el que han sabido dotarse con referencia a nosotros.
Constituye una auténtica delicia ver toda la preservación que han sabido hacer de nuestra lengua, de forma que para cualquier amante de la palabra hablada, entablar una conversación podía constituir todo un placer inencontrable por estos lares.
Oiga…es que han tenido suerte, porque yo soy un guía muy meloso, podía oírse.
En nuestra civilización europea nos han inculcado la obsesión por dotarnos, por llenar de muebles la propia casa, pero en su peculiar revolución, ha primado el ideal de amueblar, fundamentalmente, la cabeza de su pueblo, de forma que por ej. cualquier barrendero o trabajador podía sorprenderte con conocimientos de literatura o historia impensables por aquí.
Como dicen los franceses, han optado por dotarse de “una cabeza” antes que de todo lo demás, de forma que ahora, más que de sus magníficas playas y resort, se han dado cuenta de que exportar médicos, enfermeros o ingenieros , les reporta más divisas que cualquier otro tipo de invento.
País de educación plena y de total seguridad que deja al turista perplejo tanto por sus paisajes como por su paisanaje, mientras se atisba todo un futuro prometedor en el que pretenden, mientras lo intentan, establecer una comunión de intereses entre las enseñanzas del nefasto capitalismo salvaje y las otras del otro extremo, tan nefandas como han podido comprobar en carne propia. I
Intentan , en suma, y con todo lo aprendido, construir una posible vía a lo Vietnamita o a lo Chino que dé paso a una economía de libre mercado mientras pueda persistir la férrea férula estatal. Es lo que he visto.
Luis Manuel Aranda
Médico- Otorrino